Impasse
Por otro lado me siento confidente con respecto al trabajo en la oficina, poco a poco tomo mas confianza con las diferentes cuentas, los procesos de escalacion de reportes y toda esa parafernalia.
Me urge un cambio en mi vida.
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La historia mexicana es el recuento de las sucesivas crisis por las cuales ha atravesado el país incluso desde antes de su misma fundación. Esa historia es también la de la invención de la mexicanidad: su construcción artificial por medio de estereotipos propalados por los regímenes del nacionalismo revolucionario y de antiguos mitos de raigambre colonial. Lugares comunes arropados desde el Estado que no solamente lastran el crecimiento del país, sino que lo mantienen en un lastimoso impasse. Aquí, una breve revisión de algunos de los principales mitos de una “mexicanidad” celebrada por propios y extraños.
El indio tumbado a la sombra del cacto, el macho alburero y fanfarrón y la hembra de abnegación casi musulmana, el pambolero chovinista y el burócrata altanero con el público pero servil con el jefazo. La propensión a la melancolía, al relajo y a la holganza; la devoción a la Virgencita y a la madre casi santa. Éstos parecieran ser, a primera vista, los trazos estereotípicos que pintan al “mexicano”. Sin embargo, difícilmente puede pensarse en un denominador común para los habitantes del territorio que se extiende de Tijuana —y más allá— a Cancún, del río Bravo al Usumacinta. Es decir: las diferentes etnias indígenas —de usos y costumbres más virreinales que prehispánicos—, los variopintos pobladores de la costa y de la sierra, los del sureste, los del norte, los del Altiplano, los del Bajío, los exilados, los inmigrantes, los profesionistas, los universitarios —y los del Poli, diría Pérez Prado—, los burócratas, los obreros, los campesinos, los desempleados, los pudientes, las clases medias-altas-y-bajas, los marginados, los narcotraficantes y los adherentes, entre todos ellos, a las más encontradas tradiciones, ideologías, cultos, tendencias, modas, subculturas y parafilias... del indio al cholo, del campesino al metrosexual. Toda la gama de matices imaginable en el planeta. Imposible una sola “identidad” para cien millones de habitantes.
¿Existe “lo mexicano”? Artaud buscaba el “alma mexicana” en los indios, pero nunca la encontró. Como sea, de la cuestión del “carácter del mexicano” se han ocupado poetas, escritores, filósofos y antropólogos desde hace más de un siglo, como Ezequiel Chávez en su “Ensayo sobre los rasgos distintivos de la sensibilidad como factor del carácter del mexicano” (1900) y Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México (1934). Ramos llama al “despertar de la conciencia del yo nacional” que “se logrará mediante un análisis crítico-psicológico del ser del mexicano”, pues “El mexicano no es inferior, se siente inferior”. (También las “mujeres y mestizas que tienen culpa por tener que procrear más ’sufridos mestizos’, dada la idea de inferioridad que el mestizo tiene sobre sí mismo”, dice Juana Armanda Alegría, “continúan sintiéndose terriblemente pecadoras, traidoras como Malinche y merecedoras de todo insulto y mal trato y se empeñan en expiar su culpa en el sufrimiento y la abnegación” [Psicología de las mexicanas, 1974]). Ramos reniega tanto de la exageración nacionalista como de los afanes europeizantes y sentencia: “Se tiene o se tendrá la cultura que determine la vocación de la raza, la fatalidad histórica”.
Andrés Molina Enríquez, en Los grandes problemas nacionales (1909), concebía la historia patria como resultado de la lucha entre indios, mestizos y criollos y proponía el mestizaje total como premisa para resolverlos, en oposición a algunos fieros liberales de mediados del siglo XIX que sugerían el exterminio. Otros, como José María Luis Mora, dice Laura Baca Olamendi, “creían que el indio era inferior al blanco y por ello era partidario de promover la inmigración de europeos para lograr su fusión biológica y cultural a la nueva nación mexicana” (“Racismo”, Léxico de la política, 2000). Con todo, un indio zapoteca ascendió en esa época a la presidencia de la República y, como nos lo recuerda Luis González de Alba, “implantó el liberalismo económico y trajo un aire de modernidad a un país regido por leyes y costumbres medievales” (“Juárez, el panista”, Milenio, 24-08-2009)
De pronto me encuentro en una calma comoda, la vida se desliza silenciosamente, la rutina se implanta y los dias pasan ligeros. De vuelta a la escuela, las actividades en la casa de cultura.
Valerie me invito a participar en un taller de frances para principiantes, debo decir que no tengo tan mala gramatica pero mi acento es simplemente desastrozo, me he habituado al acento quebequense y comienzo a hablar con sus particularidades lo cual esta en completa oposicion con el frances estandard.
Hoy estabamos puestos para ir a jugar boliche, hace años que no juego, desde esos lejanos dias en el banco.
En fin la vida sigue sin novedades.
¿De veras la honestidad es la mejor política? Hablando con amigos y compañeros, he oído mil quejas sobre los reclamos interminables de sus mujeres. Según me dicen, las mujeres reclamamos por todo, y eso es lo que causa las dichosas mentiras piadoras o intrascendentes que ellos dicen para salir del paso y quitarse de encima una bronca gratis. O sea que son los reclamos femeninos los que les empujan a mentir. Pero además, en la mayoría de los casos, las razones, eventos o planes por los que les crece la nariz ni siquiera valen la pena: unas cervezas con amigos después del trabajo, ir a ver un juego de futbol u otro deporte en un bar o en casa de un amigo. Será lo que sea, pero así de grande será el temor a los reproches y reclamos que las cheves amigueras se convierten en “reuniones de trabajo” y las sesiones de futbol televisado se metamorfosean en “invitaciones de un cliente”.
¿Son pues nuestras inseguridades las que obligan a nuestras parejas a mentir? Varias veces he preguntado qué les pasaría si le dijeran la verdad a sus parejas. Después de todo, no hacen nada malo, ¿verdad? Un plan tan inocente como beber algunas cervezas después del trabajo no tiene nada de particular, ¿o sí? “¡Huy, no sabes! Si le digo, va a pensar que si salgo con mis amigos es porque no quiero estar con ella. La verdad, la adoro, pero también me gusta ver a mis cuates. Prefiero ahorrarme el drama y decirle que me quedo a trabajar tarde en la oficina y que le llamo al día siguiente. No tiene caso pelear ni escuchar reclamos”.
Según Antonio, decir la verdad no serviría de mucho. Él está convencido de que las mujeres siempre te reclamarán algo. “Fui al antro con unos cuates cuando ella estaba con los niños de vacaciones y le dije la verdad. Me reclamó por horas. Aprendí la lección. No le vuelvo a decir la verdad jamás”.
Manolo dice que su esposa es muy celosa, así que cuando sale con clientes, prefiere omitir que entre esos clientes hay mujeres. “Olvídate. Se pasaría horas preguntando todos los pormenores de las asistentes. Que si son guapas, que si están casadas, edad, todo”. Para evitarlo, le parece más fácil nombrar únicamente a los asistentes masculinos a la reunión y sanseacabó.
Juan es de la misma opinión pero solamente para los viajes de trabajo. Dice que su esposa alucina las reuniones anuales de la empresa y los congresos a los que no invitan a las parejas. “Es un drama que se repite todos los años días antes de la reunión. Si así se pone cuando van muchos, imagínate cómo me va si le digo que tengo que salir tres días al extranjero acompañado de una colega. No. ¡Qué horror! Serían horas de interrogatorio interminable y llamadas al hotel para verificar que estoy solo”.
De acuerdo con un artículo de Robin Lloyd publicado en LiveScience (http://www.livescience.com/health/060515
Supongo que para muchos, mentir a tu pareja acerca de tu paradero y compañía podría caber en el supuesto de protección de la intimidad y parecería una buena estrategia. Sin embargo, mentir acerca de la ubicación, en caso que la verdad salga a la luz (cosa que casi siempre sucede) agrava las cosas. El reclamo ante las mentiras será mayúsculo y totalmente justificado. La pérdida de la confianza, como una bola de nieve, generará más preguntas y reclamos.
Ahora bien. aunque puede ser cierto que en algunos casos las aseveraciones masculinas tengan algo de verdad, también es cierto que en muchos otros los reclamos son justos. También se da el caso de que hay mujeres que no dicen ni pío y de todas maneras sus maridos les mienten, argumentando que es un tipo de prevención al reclamo.
Supongo que el meollo del asunto de este tipo de mentiras está en la inseguridad y en el negarnos a comprender que tanto hombres como mujeres, a pesar de sentirnos bien en una relación, tenemos necesidad de nuestro propio espacio, de nuestro porpio tiempo. Hay quienes se sienten seguros de su pareja, han comprendido esta necesidad y no tienen ningún problema con que sus parejas salgan de juevebes, al dominó o a practicar algún deporte. Lo ven como una necesidad vital que no tiene nada que ver con ellos o con la relación. Saben que ellas tienen las mismas oportunidades y aprovechan ese tiempo para hacer lo que más les gusta. Salir con sus amigos, ir al cine, leer un libro, lo que sea. Cada uno disfruta de su espacio —y deja disfrutar el suyo a su pareja— sin problemas. No tienen necesidad de mentir. Supongo que entendieron que efectivamente, la honestidad, es la mejor política.
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